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José, Hijo de Jacob Patriarca israelita, hijo decimoprimero de Jacob y su primero con Raquel. Nació en Padan-aram, lugar de la antigua Mesopotamia, hoy Irak (Gn 29.4; 30.22–24). Niño aún, se trasladó con sus padres y hermanos a Palestina donde vivió hasta los 17 años de edad, dedicado a pastorear los rebaños de su padre, de quien era hijo predilecto (Gn 31.17, 18; 37.2). Más tarde, debido a esta predilección que Jacob sentía por José y al hecho de que este contaba a su padre los malos caminos de sus hermanos mayores, estos le aborrecieron en tal forma que un día lo vendieron como esclavo a unos mercaderes Madianitas por veinte piezas de plata. Dijeron a su padre que lo había matado algún animal (Gn 37.3–36). Los mercaderes lo llevaron a Egipto donde lo vendieron a Potifar, capitán de la guardia del faraón.

En Egipto, gracias a su inteligencia y honradez, José fue puesto de mayordomo en la casa de Potifar, su amo (Gn 39.1–4), pero debido a una calumnia de la esposa de este, lo encarcelaron por largo tiempo (Gn 39.1–20). Dios lo bendijo, sin embargo, dándole «gracia en los ojos del jefe de la cárcel», el cual le nombró guardián de todos los presos (Gn 39.21–23).

En la cárcel José tuvo oportunidad de interpretar los sueños de dos oficiales del faraón, también prisioneros, lo que después le proporcionó igual oportunidad de interpretar un sueño misterioso del faraón. Como recompensa, y en bien de la economía del país, a José lo sacaron de la prisión para ocupar el cargo de primer ministro en el gobierno de la nación (Gn 41.1–44). En esta forma llegó a ser el segundo personaje en la nación. El país prosperó extraordinariamente bajo su dirección (Gn 41.49).

Mientras ocupaba tan alta posición, José contrajo matrimonio con Asenat, joven egipcia de familia distinguida (Gn 41.45, 46). De esta unión nacieron dos hijos: Manasés, el primogénito, a quien José llamó así «porque dijo: Dios me ha hecho olvidar todo mi trabajo, y toda la casa de mi padre»; al segundo lo llamó Efraín «porque dijo: Dios me ha hecho fructificar en la tierra de mi aflicción» (Gn 41.51, 52).

Efraín y Manasés fueron adoptados por Jacob como hijos suyos (Gn 48.8–20) y encabezaron dos tribus de Israel. Una vez conquistada la tierra prometida, recibieron porciones al igual que sus tíos (Jos 14.4), privilegio otorgado por herencia de tan ilustre padre.

Es probable que uno de los hicsos (Faraón; Egipto) nombrara a José para tan importante puesto, ca. 1720–1570 a.C. Estos semitas infiltraron a Egipto desde Canaán, y observando escrupulosamente todas las costumbres egipcias, llegaron a dominar el país por muchos años. José fue simplemente uno de los muchos esclavos semitas en Egipto durante esa época. Por ejemplo, en una lista recién descubierta de los 79 sirvientes de una casa egipcia de ese período, por lo menos 45 tenían nombres asiáticos, es decir, eran semitas cual José, probablemente esclavos.

En los días en que José gobernaba en Egipto hubo escasez de alimentos en las tierras circunvecinas. Jacob envió a sus hijos para comprar alimentos en el referido país, pues allá había abundancia gracias a la buena administración de José (Gn 42.1ss). Tal era la necesidad en los alrededores, que José adquirió para el faraón casi toda la tierra de Egipto (Gn 41.46–49, 53–57; 47.13–26). Cuando sus hermanos llegaron, José los reconoció, pero para probarlos y saber de sus intenciones «hizo como que no los conoció y les habló ásperamente» (Gn 42.6, 7). Después de una serie de exigencias, entre las que manifestó su deseo de ver a Benjamín, el menor de la familia que había quedado con el padre, José se despidió de ellos sin haberse dado a conocer. Los surtió de trigo y comida para el camino (Gn 42.25, 26), y les dio testimonio de su fe en Dios (Gn 42.18). Al actuar de esta forma tan severa y fingida, José sentía arder su corazón en amor hacia sus hermanos; por tanto, se retiró de ellos y desahogó su corazón llorando (Gn 42.24).

En una nueva visita de sus hermanos a Egipto en busca de pan, José se reveló a ellos sincera y emocionalmente (Gn 45.1–14). Después de esta entrevista hizo venir a su padre y a sus hermanos, para que residieran en Egipto; destinó para ellos la región más rica del país (Gn 46.1–12).

Cuando Jacob enfermó de muerte, José, junto con sus dos hijos, fue a visitarlo. Y una vez ocurrido el fallecimiento de Jacob, José dispuso un largo viaje de toda la familia hasta la Tierra Santa, para dar a su padre honrosa sepultura en la tierra de sus antepasados. Así José obedeció la disposición testamentaria de su progenitor (Gn 50.1–14).

Después de la muerte de Jacob, los hermanos de José recelaron de que este cambiaría de actitud hacia ellos y los tratara con dureza. Conocedor de este sentimiento, José les dio muestras de su sincero amor hacia ellos (Gn 50.15–23). José murió en Egipto a los ciento diez años de edad, una duración de vida que los egipcios consideraban ideal, y por tanto una señal de la bendición divina. Lo embalsamaron y pusieron en un ataúd que conservaron en Egipto (Gn 50.24–26). Años después, cuando los israelitas ganaron su libertad y partieron rumbo a Palestina, llevaron consigo los huesos de José (Éx 13.19). Tan venerables restos viajaron con los israelitas por el desierto; y una vez conquistada la tierra prometida, los enterraron en la población de  Siquem (Jos 24.32).

La historia de José se encuentra en Gn 30.22–25; 37–50, y es una de las más emocionantes de la Biblia. José se nos presenta como el hijo más amado de su padre, el hermano más odiado por sus hermanos y como el mejor hermano de todos los siglos. Tanto amó a sus hermanos que les perdonó el haberlo vendido como esclavo, les salvó la vida y los colmó de bienes, llorando al verlos, después de larguísima ausencia. José se convirtió en guardián y amigo de todos los prisioneros. Fue distinguido estadista, esposo fiel y padre ejemplar, guiado en todo por el Espíritu de Dios. Mereció mención entre los héroes de la fe en Heb 11.22 por haber previsto el éxodo de Egipto de su pueblo y por haber dado «mandamiento acerca de sus huesos».

 

Linaje Escogido

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