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Text Box: LINAJE ESCOGIDO
ANTIGUO TESTAMENTO

INTRODUCCIÓN

Antiguo Testamento es el nombre dado desde los primeros tiempos del cristianismo a las escrituras sagradas del pueblo de Israel, formadas por un conjunto de libros muy diferentes unos de otros en carácter y género literario, y pertenecientes a diversas épocas y autores.

El AT ocupa sin duda un lugar preeminente en el cuadro general de la importante literatura surgida en el antiguo Medio Oriente. En el curso de su larga historia, egipcios, sumerios, asirios, babilonios, fenicios, hititas, persas y otros pueblos de la región produjeron un importante tesoro de obras literarias; pero ninguna de ellas alcanzó los niveles del AT en cuanto a riqueza de temas y belleza de expresión, y ni mucho menos en cuanto a valor religioso.

 

Los géneros literarios del Antiguo Testamento

En términos generales, todos los escritos del AT pueden incluirse en uno u otro de los dos grandes géneros literarios que son la prosa y la poesía; sin embargo, una segunda aproximación permite apreciar la gran diversidad de clases y estilos que, muchas veces mezclados entre sí, configuran a ambos géneros.

En cuanto a la prosa, es el género en que están escritos textos como los siguientes:

(a) relatos históricos, presentes sobre todo en los libros de carácter narrativo, y que, a partir de Abraham (Gn 11.27–25.7), se refieren, o bien directamente al pueblo de Israel y a sus personajes más significativos, o indirectamente a gentes y naciones cuya historia está relacionada muy de cerca con Israel;

(b) el relato de Gn 1–3 sobre los orígenes del mundo y de la humanidad, el cual merece mención aparte desde el punto de vista literario;

(c) pasajes especiales (p.e., la historia de los patriarcas), narraciones épicas (p.e., el éxodo de Egipto y la conquista de Canaán), cuadros familiares (p.e., el libro de Rut), profecías (en parte), visiones, crónicas oficiales, diálogos, discursos, instrucciones, exhortaciones y genealogías;

(d) textos legales y normas de conducta y regulación de la práctica religiosa colectiva y personal.

En cuanto a la poesía, el AT ofrece diversos modelos literarios, que pueden resumirse en:

(a) cúlticos (p.e., Salmos y Lamentaciones);

(b) proféticos (una parte muy importante de los textos de los profetas de Israel);

(c) sapienciales, que recogen reflexiones y enseñanzas relativas a la vida diaria (Proverbios y Eclesiastés), o que giran en torno a algún problema de carácter teológico (Job).

Autores y tradición

De acuerdo con su origen, los libros del AT pueden clasificarse en dos grandes grupos. El primero lo forman aquellos escritos que dejan traslucir la actividad creadora del autor y parecen marcados por el sello de su personalidad. Tal es el caso de buena parte de los textos proféticos, cuyo mensaje inicial fue a veces ampliado, llegando a su pleno desarrollo posteriormente, en ámbitos donde la inspiración del profeta original se dejaba sentir con intensidad.

En el segundo grupo se incluyen los libros en los que, habiendo quedado como desdibujada en el pasado la persona del autor, fueron las tradiciones las que se encargaron de transmitir el mensaje preservado por el pueblo, proclamándolo y aplicándolo a las circunstancias propias de cada nuevo tiempo. A este grupo pertenece una buena parte de la narrativa histórica y de la literatura cúltica y sapiencial.

Transmisión del texto

El paso de la tradición oral a la escrita llega para el AT en un tiempo en que el papiro y el pergamino estaban ya en uso como materiales de escritura. De ellos se fabricaban largas tiras que, convenientemente unidas, formaban los llamados "rollos", una especie de cilindros de peso y volumen a menudo considerables. Así han llegado hasta nosotros los textos del AT (cf. Jer 36), aunque no en sus manuscritos hebreos originales, pues con el tiempo todos han desaparecido, sino merced a la gran cantidad de copias realizadas a lo largo de muchos siglos. De ellas, las más antiguas que poseemos pertenecen aproximadamente al s. I a.C. Fueron descubiertas en lugares como Qumrán, al oeste del Mar Muerto, algunas en bastante buen estado de conservación, y otras muy deterioradas y reducidas a fragmentos.

De las copias que contienen el texto íntegro de la Biblia hebrea, la más antigua es el Códice de Alepo, que data del s. X d.C. y es reflejo de la tradición tiberiense.

El sistema alfabético utilizado en los primitivos manuscritos hebreos carecía de vocales: en su época, y según un uso común a diversas lenguas semíticas, solo las consonantes tenían representación gráfica. Esta peculiaridad era obviamente una fuente de serios problemas de lectura e interpretación de los escritos bíblicos, cuya unificación acometieron los especialistas judíos de finales del s. I d.C.

La labor de aquellos sabios se vio favorecida en la última parte del s. V d.C. por el desarrollo, sobre todo en Tiberias y Babilonia, de un sistema de lectura que culminó entre los s. VIII y XI d.C. con la composición del texto llamado "masorético". En él, fruto del intenso trabajo realizado por los "masoretas" (o "transmisores de la tradición"), quedó definitivamente fijada la lectura de la Biblia hebrea por medio de un complicado conjunto de signos vocálicos y de entonación.

A pesar del exquisito cuidado con que los copistas realizaron y conservaron las copias del texto bíblico, no siempre pudieron evitar que aquí y allá se introdujeran pequeñas variantes en la escritura. Por eso, a fin de descubrir y evaluar tales variantes, el estudio de los antiguos manuscritos implica una minuciosa tarea de comparación de textos, no solo entre unas y otras copias hebreas, sino también con antiguas traducciones a otras lenguas: así, el texto samaritano del Pentateuco (escritura samaritana); las versiones griegas, especialmente la Septuaginta (hecha en Alejandría entre los s. III y II a.C. y utilizada muy a menudo por los escritores del NT); las arameas (los targumim, versiones parafrásticas); las latinas, en especial la Vulgata; las siríacas, las coptas o la armenia. Los resultados de este trabajo de fijación del texto se encuentran sintetizados en las ediciones críticas de la Biblia hebrea.

La Palestina del Antiguo Testamento

La región donde se desarrollaron los acontecimientos más importantes consignados en el AT está situada en la zona inmediatamente al este de la cuenca del Mediterráneo. El nombre más antiguo que de ella registra la Biblia es "tierra de Canaán" (Gn 11.31), sustituido posteriormente entre los israelitas por el de "tierra de Israel" (1 S 13.19; Ez 11.17; Mt 2.20). Los griegos y los romanos prefirieron llamarla "Palestina", término derivado del apelativo "filisteo", con el que se conocía al pueblo que habitaba la costa del Mediterráneo. En el tiempo en que el imperio romano dominó el país, una región al menos de este recibió el nombre de "Judea".

Durante la mayor parte del período monárquico (931–586 a.C.), la tierra de Israel estuvo dividida en dos: al sur, el reino de Judá, del que Jerusalén era la capital; y al norte, el reino de Israel, con su capital en la ciudad de Samaria. Las graves diferencias políticas que separaban a ambos reinos se acentuaron más aún cuando, en el 721 a.C., el reino del norte fue conquistado por el ejército asirio.

El territorio palestino está formado por tres grandes franjas paralelas que se extienden de norte a sur. La occidental, una llanura de tierras bajas bañadas por el Mediterráneo, se estrecha hacia el norte, en Galilea, y luego queda cerrada por el monte Carmelo. En esta llanura se encontraban las antiguas ciudades de Gaza, Ascalón, Asdod y Jope (actualmente un suburbio de Tel Aviv), y la romana Cesarea, de construcción más reciente.

La franja central está formada por una serie de montañas que desde el norte, como desprendiéndose de la cordillera del Líbano, descienden paralelas a la costa hasta penetrar al sur en el desierto del Neguev. La llanura de Jezreel (o de Esdrelón), interpuesta entre Galilea y Samaria, corta en este punto la cadena montañosa, cuyas dos alturas máximas se hallan la una (1.208 m.) en Galilea y la otra (1.020 m.) en Judea. En esta franja central del país se alza la ciudad de Jerusalén (cerca de 800 m. sobre el nivel del mar) y otras importantes ciudades de Judea, Samaria y Galilea.

Al oriente de la región montañosa serpentea la cuenca del Jordán, el mayor río de Palestina, que nace al norte de Galilea, en el monte Hermón, y se dirige hacia el sur a lo largo de 300 km. (poco más de 100 km. en línea recta). Atraviesa en su curso el lago Merom y luego el Mar o Lago de Galilea (o también "Mar de Tiberiades"), y corre por una depresión que se hace cada vez más profunda, hasta desembocar en el Mar Muerto, a 392 m. más abajo que el nivel del Mediterráneo.

Más allá de la depresión del Jordán, a su lado oriental, el terreno vuelve a elevarse. Sobre todo en la región norte se dan cumbres importantes, como, ya fuera de Palestina, los montes Hermón, de hasta 2.758 m. de altura.

Palestina es especialmente seca, desértica en extensas zonas del este y sur del país, con montañas muy pedregosas y pocos espacios que reúnan condiciones favorables para el cultivo. Los terrenos fértiles, aptos para la agricultura, se encuentran sobre todo en la llanura de Jezreel al norte, en el valle del Jordán y en las tierras bajas que a occidente bordean la costa. Las altas temperaturas reinantes se atenúan en las partes elevadas, donde las noches pueden llegar a ser frías. Las dos estaciones más importantes son invierno y verano (cf. Gn 8.22; Mt 24.20, 32), pero, en cuanto al clima, lo esencial para las labores agrícolas es la regularidad en la llegada de las lluvias: las tempranas (entre octubre y noviembre) y las tardías (entre diciembre y enero). Entonces se almacena el agua en aljibes (o cisternas), para disponer de ella durante los restantes meses del año.

Valoración religiosa del Antiguo Testamento

El AT, al igual que toda la Biblia, reconoce en su origen una auténtica experiencia religiosa. Dios se reveló al pueblo de Israel en la realidad de su historia, y lo hizo como el Dios único, Creador y Señor del universo y de la historia, no asimilable a ninguna otra experiencia humana ni identificable con ninguna imagen hecha por los hombres. Dios es el Autor de la vida, el Creador de la existencia de todos los seres; y es un Dios salvador, que siempre está al lado de su pueblo, pero que no se deja manipular por él; que impone obligaciones morales y sociales, que no se deja sobornar, que protege a los débiles y ama la justicia. Es un Dios que se acerca al pueblo, especialmente en el culto; un Dios perdonador, que quiere que el pecador viva, pero que juzga con justicia y castiga la maldad.

De las ideas y el lenguaje del AT están profundamente penetrados los escritos del NT, en cuyo trasfondo se halla siempre presente el Dios del AT, el Padre de Jesucristo, en quien él revela definitivamente su amor y su voluntad salvadora para todo aquel que lo acepta por la fe.

El AT presta especial atención a las relaciones de Dios con Israel, su pueblo escogido. Uno de los más importantes aspectos de esta relación es el pacto con Israel, mediante el cual Jehová se compromete a ser el Dios de aquel pueblo, al que ha tomado como su posesión particular y del que exige el religioso cumplimiento de los mandamientos y las leyes divinas. Así, la común fe, las celebraciones cúlticas y la observancia de la Ley son los elementos que configuran la unidad de Israel, una unidad que se rompe cuando es infiel al Dios a quien pertenece. La historia de Israel como pueblo elegido revela que lo más importante es mantener su identidad religiosa en medio del mundo que lo rodea, paso necesario que ha de dar en dirección al mensaje universal que luego, en Jesucristo, será proclamado por el NT.

No todos los aspectos del AT mantienen igual vigencia para el creyente cristiano. El AT debe ser interpretado a la luz de su máxima instancia, que es Jesucristo. La proyección histórica y profética del pueblo de Israel en el AT es una etapa precursora en el camino que conduce a la plena revelación divina en Cristo (Heb 1.1–2). Por otra parte, el NT es el testimonio fehaciente de que las promesas hechas por Dios a Israel se cumplen con la venida del Mesías (cf., p.e., Mt 1.23; Lc 3.4–6; Hch 2.16–21; Ro 15.9–12). Por eso, ciertas instituciones absolutamente válidas para el pueblo judío dejan de ser igualmente vigentes para el nuevo pueblo de Dios, que es la iglesia (cf. Hch 15; Gl 3.23–29; Col 2.16–17; Heb 7.11–10.18); y algunos aspectos de la ley de Moisés, del culto del AT y de la doctrina acerca del destino del ser humano, personal y comunitariamente considerado, deben ser interpretados a la luz del evangelio de Jesucristo, el Hijo de Dios.

Historia y cultura

La existencia de Israel como pueblo se remonta probablemente a las postrimerías del s. XI a.C. Era el tiempo del nacimiento de la monarquía y la unificación de las diversas tribus, que habían vivido separadas entre sí hasta que, bajo el gobierno del rey David, se constituyó el estado nacional, con Jerusalén por capital.

Hasta llegar a este momento, la formación del pueblo había sido lenta y difícil, mezclada a menudo con la historia de las todavía más antiguas civilizaciones que florecieron en Egipto, a orillas del Nilo, y en Mesopotamia, en las tierras regadas por el Tigris y el Éufrates. Las fuentes extrabíblicas de la historia de Israel en aquella época son muy limitadas, carentes de la base documental necesaria para establecer con precisión los orígenes del pueblo hebreo. En este aspecto, el libro del Génesis aporta algunos datos de inestimable valor, pues el estudio de los relatos patriarcales permite descubrir algunos aspectos fundamentales del origen del pueblo israelita.

La época de los patriarcas

Los personajes del AT a quienes comúnmente se denomina "patriarcas" eran jefes de grupos familiares seminómadas que iban de un lugar a otro en busca de comida y agua para sus rebaños. No habiendo llegado aún a la fase cultural del sedentarismo y las labores agrícolas, sus asentamientos eran por lo general eventuales: duraban el tiempo que sus ganados tardaban en consumir los pastos.

El Génesis ofrece una particular visión de los comienzos de la historia de Israel, que es más propiamente la historia de una familia. Procedentes de la ciudad mesopotámica de Ur de los caldeos, situada junto al Éufrates, Abraham y su esposa llegaron al país de Canaán. Dios había prometido a Abraham que haría de él una nación grande (Gn 12.1–3; cf. 15.1–21; 17.1–4), y conforme a esta promesa nació su hijo Isaac, quien fue a su vez el padre de Jacob. Durante su largo viaje, primero en dirección norte y luego hacia el sur, Abraham se detuvo en diversos lugares mencionados en la Biblia: Harán, Siquem, Hai y Bet-el (Gn 11.31–12.9); atravesó la región desértica del Neguev y llegó hasta Egipto, de donde más tarde regresó para finalmente establecerse en un sitio conocido como "el encinar de Mamre", junto a Hebrón (Gn 13.1–3,18).

Al morir Abraham (Gn 25.7–11; cf 23.2, 17–20), Isaac se convierte en el protagonista del relato bíblico, que lo presenta como habitante de Gerar y Beerseba (Gn 26.6, 23), lugares del Neguev (Gn 24.62), en la región meridional de Palestina. Isaac, heredero de las promesas de Dios a Abraham, aparece en medio de un cuadro descriptivo de la vida seminómada del segundo milenio a.C.: búsqueda de campos de pastoreo, asentamientos provisionales, ocasionales tareas agrícolas en los aledaños de poblaciones fronterizas, y altercados por causa de los pozos de agua donde se abrevaba el ganado (Gn 26).

Después de Isaac, la atención del relato se concentra en los conflictos personales surgidos entre Jacob y su hermano Esaú, que son como una visión anticipada de los graves problemas que posteriormente habrían de plantearse entre los israelitas, descendientes de Jacob, y los edomitas, descendientes de Esaú. La historia de Jacob es más larga y complicada que las anteriores. Consta de una serie de relatos enlazados: la huida del patriarca a la región mesopotámica de Padan-aram; la inteligencia y la riqueza de Jacob; el regreso a Canaán; el episodio de Peniel, donde Dios cambió el nombre a Jacob por el de Israel (Gn 32.28); la revelación de Dios y la renovación de sus promesas (Gn 35.1–14); la historia de José y la muerte de Jacob en Egipto (Gn 37.1–50.14).

El éxodo de Egipto

La situación política y social de las tribus israelitas, de Egipto y de los países del Medio Oriente, en el período que va de la muerte de José a la época de Moisés, sufrió cambios considerables.

Egipto vivió un tiempo de prosperidad después de expulsar del país a los invasores hicsos. Eran estos un pueblo oriundo de Mesopotamia, el cual, luego de pasar por Canaán, se había adueñado a comienzos del s. XVIII a.C. de la fértil región egipcia del delta del Nilo. Los hicsos dominaron en Egipto cerca de siglo y medio, y probablemente fue en ese tiempo cuando Jacob se instaló allí con toda su familia. Esta podría ser la explicación de la favorable acogida que le fue dispensada al patriarca, y de que algunos de sus descendientes, como le sucedió a José (Gn 41.37–43), llegaran a ocupar puestos importantes en el gobierno del país.

La situación cambió cuando los hicsos fueron finalmente expulsados de Egipto. Los extranjeros residentes, entre los cuales se encontraban los israelitas, fueron sometidos entonces a una dura opresión. Este cambio en la situación política queda registrado en Ex 1.8, donde dice que subió al trono de Egipto un nuevo rey que no conocía a José. Durante el mandato de aquel faraón se obligó a los israelitas a trabajar en condiciones infrahumanas en la edificación de las ciudades egipcias Pitón y Ramesés (Ex 1.11). Pero en tales circunstancias tuvo lugar un acontecimiento que habría de quedar grabado para siempre en los anales de Israel: Dios suscitó a un hombre, Moisés, para constituirlo en liberador de su pueblo.

Moisés, aunque hebreo de nacimiento, recibió una educación esmerada en la propia corte del faraón. Cierto día, Moisés se vio obligado a huir al desierto, y allí se le reveló Jehová (nombre explicado en Ex 3.14 como «Yo soy el que soy») y le encomendó la misión de liberar a los israelitas de la esclavitud a la que estaban sometidos en Egipto (Ex 3.1–4.17). Regresó Moisés a Egipto, y después de vencer con palabras y acciones maravillosas la resistencia del faraón, consiguió que la muchedumbre de los israelitas se pusiera en marcha hacia el desierto de Sinaí.

Este capítulo de la historia de Israel, la liberación del yugo egipcio, marcó indeleblemente la vida y la religión del pueblo. La fecha precisa de este acontecimiento no puede determinarse. Se han sugerido dos posibilidades: hacia mediados del s. XV y hacia mediados del s. XIII. (En este último caso sería durante el reinado de Ramsés II o de su hijo Menefta.)

Durante los años de permanencia en el desierto de Sinaí, mientras los israelitas se dirigían hacia Canaán, se produjo un acontecimiento de importancia capital: Dios instituye su alianza o pacto a favor de su pueblo escogido (Ex 19). Este pacto significó el establecimiento de una relación singular entre Jehová e Israel, con estipulaciones fundamentales que quedaron fijadas en la ley mosaica, cuya síntesis es el Decálogo (Ex 20. 1–17).

La conquista de Canaán y el período de los jueces

A la muerte de Moisés (Dt 34), la dirección del pueblo fue puesta en manos de Josué, a quien correspondió guiarlo al país de Canaán, a la Tierra prometida. La penetración en aquellos territorios se inició con el paso del Jordán, hecho de gran significación histórica porque con él se inauguraba un período decisivo para la constitución de la futura nación israelita (Jos 1–3).

Conquistar y asentarse en Canaán no resultó empresa fácil. Fue un largo y duro proceso (cf. Jue 1), a veces de avance pacífico, pero a veces de enconados choques con los hostiles pueblos cananeos (cf. Jue 4–5), formados por gentes diferentes entre sí, aunque todas pertenecientes al común tronco semítico; muchas de ellas terminaron absorbidas por Israel (cf. Jos 9).

En aquel tiempo de la llegada y la conquista de Canaán, ya habían iniciado su decadencia los grandes imperios de Egipto y de Mesopotamia. De estos eran vasallos los pequeños estados cananeos, de economía agrícola y cuya administración política se limitaba, por lo general, a una ciudad de relativa importancia junto con sus tierras aledañas. En cuanto a la religión, se caracterizaba sobre todo por los ritos en honor de Baal, Asera y Astarté, y de dioses secundarios, mayormente divinidades de la fecundidad.

La etapa conocida como "período de los jueces de Israel" sigue a la muerte de Josué (Jos 24.29–32). Se desarrolló entre los años 1200 y 1050 a.C., y su rasgo más sobresaliente fue quizá la distribución de los israelitas en grupos tribales, más o menos independientes y sin un gobierno central que les diera un mínimo sentido de organización política. En aquellas circunstancias surgieron algunos personajes que asumieron la dirección de Israel y que ocasionalmente actuaron como estrategas y lo guiaron en sus acciones de guerra (véase, p.e., en Jue 5, el canto de Débora, que celebra el triunfo de grupos israelitas aliados contra las fuerzas cananeas).

Entre todos los pueblos vecinos, fueron probablemente los filisteos quienes representaron para Israel la más grave amenaza. Procedentes de Creta y de otras islas del Mediterráneo oriental, los filisteos, conocidos también como "los pueblos del mar", que primeramente habían intentado sin éxito penetrar en Egipto, se apoderaron después (alrededor del 1175 a.C.) de las llanuras costeras de Palestina meridional. Allí se establecieron, y constituyeron la "Pentápolis", el grupo de las cinco ciudades filisteas: Asdod, Gaza, Ascalón, Gat y Ecrón (1 S 6.17), cuyo poder se reforzó con su alianza, y también con el monopolio de la manufactura del hierro, utilizado tanto en sus labores agrícolas como en sus acciones militares (1 S 13.19–22).

Los comienzos de la monarquía de Israel

La figura política de los "jueces", apta para resolver asuntos de carácter tribal, resultó ineficaz ante los problemas que más tarde habría de plantear la supervivencia del conjunto de Israel en el mundo palestino. Así, poco a poco, se llegó a la implantación de la monarquía y, con ella, a una forma de gobierno unificado, dotado de la autoridad necesaria para mantener una administración nacional estable.

Aunque la monarquía tuvo que afrontar en sus comienzos fuertes resistencias internas (1 S 8), paulatinamente llegó a imponerse y consolidarse. Samuel, el último de los jueces de Israel, dio paso a Saúl, quien en 1040 a.C. inició la sucesión de reyes que se prolongó hasta el 586 a.C., cuando, reinando Sedequías, los babilonios, con Nabucodonosor a la cabeza, sitiaron y destruyeron Jerusalén. Saúl, que empezó a reinar tras haber obtenido una victoria militar (1 S 11), y que también logró el triunfo en otras ocasiones, nunca, sin embargo, logró terminar con los filisteos. Precisamente luchando contra ellos en el monte Gilboa, murieron él y tres de sus hijos (1 S 31.1–6).

A Saúl le sucedió David, proclamado rey por los hombres de Judá en la ciudad de Hebrón (2 S 2.4). Su reinado se inició, pues, en la región meridional de Palestina, pero luego se extendió hacia el norte. Reconocido como rey por todas las tribus israelitas, consiguió unificarlas bajo su gobierno. Durante el tiempo que vivió David se produjeron acontecimientos de gran importancia: la anexión a la nueva entidad nacional de algunas ciudades cananeas antes independientes, el sometimiento de pueblos vecinos y la conquista de Jerusalén, convertida desde entonces en capital del reino y centro religioso por excelencia.

Cerca ya de su muerte, David designó por sucesor a su hijo Salomón, bajo cuyo gobierno alcanzó el reino las más altas cotas de esplendor. Salomón supo establecer importantes relaciones políticas y comerciales, generadoras de grandes beneficios para Israel. Las riquezas acumuladas bajo su gobierno permitieron acometer en Jerusalén construcciones de enorme envergadura, como el Templo y el palacio real. El prestigio de Salomón se hizo proverbial, y la fama de su prudencia y sabiduría nunca tuvieron paralelo en la historia de los reyes de Israel (1 R 5–10).

La ruptura de la unidad nacional

Pese a todas las circunstancias favorables que rodearon el reinado de Salomón, fue precisamente entonces cuando la unidad del reino comenzó a resquebrajarse. Por uno y otro lado del país surgían voces de protesta por los abusos de autoridad, los malos tratos infligidos a la clase trabajadora y el agravamiento de los tributos destinados a cubrir los gastos que originaban las grandes construcciones. Todo ello, fomentando actitudes de descontento y rebeldía, fue causa de que resurgieran antiguas rivalidades entre las tribus del norte y del sur.

Los problemas llegaron al extremo cuando, muerto Salomón, ocupó el trono su hijo Roboam (1 R 12.1–24). Falto de la sensatez de su padre, Roboam provocó con imprudentes actitudes personales la ruptura del reino: por una parte, la tribu de Judá, que siguió fiel a Roboam y mantuvo la capital en Jerusalén; por otra, las tribus del norte, que proclamaron rey a Jeroboam, antiguo funcionario de la corte de Salomón. Desde ese momento, la división de la nación en reino del norte y reino del sur se hizo inevitable.

Judá, siempre regida por un miembro de la dinastía davídica, subsistió por más de trescientos años, aunque su independencia nacional sufrió importantes oscilaciones desde que, a finales del s. VIII a.C., Asiria la sometió a un duro vasallaje. Aquel antiguo imperio dominó a Palestina hasta que medos y caldeos, cerca ya del s. VI a.C., lo borraron del panorama de la historia (Nah 1–3). Entonces en Judá, donde reinaba Josías, renacieron las esperanzas de recuperar la perdida independencia; pero tras la batalla de Meguido (609 a.C.), con la derrota de Judá y la muerte de Josías (2 Cr 35.20–24), el reino entró en una rápida decadencia, que terminó con la destrucción de Jerusalén en el 586 a.C. El Templo y toda la capital fueron arrasados, un número importante de sus habitantes fue llevado al destierro y la dinastía davídica tocó a su fin (2 R 25.1–21). Al parecer, la pérdida de la independencia de Judá supuso su incorporación a la provincia babilónica de Samaria; pero, además, el país había quedado arruinado, primero por la devastación que causaron los invasores, y luego por los saqueos a que lo sometieron sus pueblos vecinos, Edom (Abd 11), Amón y otros (Ez 25.1–4).

El reino del norte, Israel, nunca llegó a gozar de una situación políticamente estable. Su capital cambió de lugar en diversas ocasiones, antes de quedar finalmente instalada en la ciudad de Samaria (1 R 16.24), y cuantos intentos se hicieron para constituir dinastías duraderas terminaron en fracaso, a menudo de modo violento (Os 8.4). La aniquilación del reino del norte bajo la dominación asiria ocurrió gradualmente: primero fue la imposición de un grave tributo (2 R 15.19–20); luego, la toma de algunas poblaciones y la consiguiente reducción de las fronteras del reino, y por último la destrucción de Samaria, el exilio de una parte de la población y la instalación de un gobierno extranjero en el país conquistado.

El exilio

Los babilonios permitieron que los exiliados del reino de Judá formaran familias, se construyeran casas, cultivaran huertos (Jer 29.5–7) y acudieran a consultar a sus propios jefes y ancianos (Ez 20.1–44); e igualmente, les permitieron vivir en comunidad, en un lugar llamado Tel-abib, a orillas del río Quebar (Ez 3.15). Así, poco a poco, se fueron habituando a su situación de desterrados en Babilonia.

En semejantes circunstancias, la participación común en las prácticas de la religión fue probablemente el más firme vínculo de unión entre los miembros de la comunidad exiliada; y la institución de la sinagoga tuvo un papel relevante como punto de encuentro para la oración, la lectura y enseñanza de la Ley, el canto de los salmos y el comentario de los escritos de los profetas.

Así pues, con el exilio se convirtió Babilonia en un centro de actividad religiosa, donde un grupo de sacerdotes se entregó con empeño a la tarea de reunir y preservar los textos sagrados que constituían el patrimonio espiritual de Israel. Entre los componentes de ese grupo se contaba Ezequiel, que en su doble condición de sacerdote y profeta (Ez 1.1–3; 2.1–5) ejerció una influencia singular.

Dadas las condiciones de tolerancia y hasta de bienestar en que vivían los exiliados en Babilonia, no es de extrañar que muchos de ellos renunciaran en su día a regresar a su país. Otros, por el contrario, manteniendo vivo el resentimiento contra la nación que los había arrancado de su patria y que era causa de los males que les habían sobrevenido, suspiraban por el momento del regreso a su lejano país (Sal 137; Is 47.1–3).

Retorno y restauración

La esperanza de una pronta liberación creció entre los exiliados cuando Ciro, rey de Anshán, emprendió su carrera de conquistador y fundador de un nuevo imperio. Ascendido ya al trono de Persia (559–530 a.C.), sus cualidades de estratega y de político le permitieron superar rápidamente tres etapas decisivas: primera, la fundación del reino medo-persa, con su capital Ecbatana (553 a.C.); segunda, la conquista de casi toda el Asia Menor, culminada con la victoria sobre el rey de Lidia (546 a.C.); tercera, la entrada triunfal en Babilonia (539 a.C.). De este modo quedó configurado el imperio persa, que durante más de dos siglos dominó el panorama político del Medio Oriente.

Ciro practicó una política de buenas relaciones con los pueblos sometidos. Permitió que cada cual conservara sus usos, costumbres y tradiciones, y que practicara su propia religión, actitud esta que redundó en beneficio de los judíos residentes en Babilonia, quienes, por real decreto, quedaron en libertad de regresar a Palestina.

El libro de Esdras contiene dos versiones de dicho decreto (Es 1.2–4 y 6.3–12), al cual se acogieron los exiliados que quisieron volver a la patria. Y es importante señalar que el emperador persa no solo permitió aquel regreso, sino que devolvió a los judíos los ricos utensilios del culto que Nabucodonosor les había arrebatado y llevado a Babilonia. A mayor abundamiento, Ciro ordenó también una contribución de carácter oficial para apoyar económicamente la reconstrucción del templo de Jerusalén.

El retorno de los exiliados se realizó de forma paulatina, por grupos, el primero de los cuales llegó a Jerusalén bajo la guía de Sesbasar (Esd 1.11). Tiempo después se iniciaron las obras de reconstrucción del Templo, que se prolongaron hasta el 515 a.C. A dirigir el trabajo y animar a los obreros contribuyeron el gobernador Zorobabel y el sumo sacerdote Josué, apoyados por los profetas Hageo y Zacarías (Esd 5.1).

El paso del tiempo dio lugar a muchos problemas de índole muy diversa. Las graves dificultades económicas a las que tuvieron que hacer frente, las divisiones en el seno de la comunidad y, muy particularmente, las actitudes hostiles de los samaritanos, fueron causa de que en Jerusalén y en toda Judá se degradara la convivencia entre los repatriados.

Al conocer los problemas que aquejaban a su pueblo, un judío llamado Nehemías, residente en la ciudad de Susa, copero del rey persa Artajerjes (Neh 2.1), solicitó que, con el título de gobernador de Judá, se le permitiera acudir en ayuda de su pueblo (445 a.C.). Nehemías se reveló como un gran reformador, que actuó con capacidad y eficacia. Su presencia en Palestina fue decisiva, no solo para que se reconstruyeran los muros de Jerusalén, sino también para que la vida de la comunidad judía experimentara un cambio profundo y positivo (cf. Neh 8–10).

Artajerjes invistió, también con poderes extraordinarios, al sacerdote y escriba Esdras, a fin de que este, dotado de plena autoridad, se ocupara de todas las necesidades del Templo y del culto en Jerusalén, y se cuidara de poner bajo la ley de Dios lo mismo a los judíos recién repatriados como a los que nunca habían salido de Palestina (Esd 7.12–26). Entre ellos promovió Esdras un cambio religioso y moral tan profundo que, a partir de entonces, Israel se convirtió en «el pueblo del libro». Su figura ocupa en las tradiciones judías un lugar comparable al de Moisés. Respecto a si las referencias a Artajerjes en el libro de Esdras (7.7) y en el de Nehemías (2.1) corresponden a un solo personaje o a dos, los historiadores no han llegado a una conclusión definitiva.

El período helenístico

El dominio persa en Medio Oriente tocó a su fin cuando el ejército de Darío III sucumbió en Isos (333 a.C.) ante las fuerzas de Alejandro Magno (356–323). Allí comenzó la hegemonía del helenismo, que se mantuvo hasta el 63 a.C. y que entre sus logros contó con el establecimiento de importantes vínculos entre Oriente y Occidente. Pero las rivalidades surgidas entre los sucesores de Alejandro (los Diádocos) impidieron el establecimiento de una eficaz unidad política en los territorios que él había conquistado. De tales divisiones se derivó, con referencia a Palestina, el que fuera dominada primero por los tolomeos (o lágidas) de Egipto, y después por los seléucidas de Siria, dos de las dinastías fundadas por los generales sucesores de Alejandro.

Durante la época helenística se extendió considerablemente el uso del griego, y muchos judíos residentes en la "diáspora" (o "dispersión") se habituaron a utilizarlo como lengua propia. Llegó un momento en que se hizo necesario traducir la Biblia hebrea para atender a las necesidades religiosas de las colonias judías de habla griega. Esta traducción, llamada Septuaginta o Versión de los Setenta (LXX), fue realizada aproximadamente entre los años 250 y 150 a.C.

Durante el reinado del seléucida Antíoco IV Epífanes (175–163 a.C.), se produjo en Palestina un intento de helenización del pueblo judío, que causó entre sus miembros una grave disensión. Muchos adoptaron abiertamente costumbres propias de la cultura griega, reñidas con las prácticas judías tradicionales, mientras que otros se aferraron con tenaz fanatismo a la ley mosaica. La tensión entre ellos fue creciendo hasta desembocar en la rebelión de los macabeos.

Esta rebelión se desencadenó cuando un anciano sacerdote llamado Matatías y sus cinco hijos organizaron la lucha contra el ejército sirio. A la muerte de Matatías, Judas, su tercer hijo, quedó al frente de la resistencia y, encabezando a los suyos, reconquistó el templo de Jerusalén, que había sido profanado por los sirios, y procedió a purificarlo y dedicarlo. La Hannuká o fiesta de la Dedicación (Jn 10.22) conmemora este hecho. Convertido en héroe nacional, Judas fue el primero en recibir el sobrenombre de "macabeo" (probablemente, "martillo"), que luego fue dado también a sus hermanos.

 

Reina-Valera 1995—Edición de Estudio, (Estados Unidos de América: Sociedades Bíblicas Unidas) 1998.

 

Linaje Escogido

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